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Discriminación legal

El regreso de la detención por sospecha: Se creyeron entero el cuento del miedo

Escrito por MQLTV

    Se creyeron enterito el cuento del miedo. Eso fue lo primero que se me vino a la cabeza cuando me enteré que la Comisión de Constitución de la Cámara de Diputados aprobó en forma unánime el control preventivo de identidad. Pareciera ser una señal del oficialismo a la oposición, una manera de contarles de que, en el fondo, no son tan diferentes. Que independiente de las diferencias de ideas, hay una concepción de país que se comparte. O buscan compartir a la fuerza.

    El factor principal para que esta medida volviera desde los baúles del recuerdo noventero fue Jorge Burgos, el soterrado líder de la oposición aunque él mismo no se dé por enterado de que lo es. Con su ambigüedad férrea -propia de la Democracia Cristiana- el ministro del Interior puede ser considerado uno de los triunfantes al interior de La Moneda, al perpetuar el convencimiento de que estamos viviendo en el caos. Pareciera ser su misión deslegitimar una y otra vez al gobierno con su voz algo fatigada y melosa. Su exposición frente a las cámaras de un supuesto entendimiento de cómo deben afrontarse las situaciones que estamos viviendo, lo hacen cada vez más cercano a un discurso que intenta contarnos algo que él sabe exactamente que no está pasando, pero pareciera que es la única manera de legitimarse en el poder.

    Legalizamos una vez más el arte de discriminar con tal de sentirnos seguros frente a un relato de pavor que nos ha vuelto a sumergir en nuestro individualismo y no así en el mirarnos a la cara.

    La sensación de inseguridad, lamento decirlo, es solamente eso: una sensación conveniente. Un instrumento político. Una manera de construir una sociedad empoderada de sus miedos, pero también indefensa frente al aparato comunicacional. Esa es la gran indefensión de la ciudadanía, la que se tiene frente a un relato potente que invade nuestras discusiones con certezas que no son tales. Con valores establecidos que no tendrían por qué ser o existir. Pero no somos capaces de verlo porque el cuento del terror nos hace, naturalmente, buscar proteger a los nuestros de eso que nos están contando que está sucediendo.

    ¿Y cómo lo resolvemos? Simple: volvemos a desconfiar los unos de los otros. Volvemos a darle a Carabineros el poder de resguardar la idea de un orden conveniente. Es decir, seguimos sin entendernos y sin comprender lo que realmente sucede y en vez de realizar un esfuerzo por tratar de hacerlo, simplemente aplicamos la mano dura. Transformamos al Estado nuevamente en una maquina de la discriminación, pidiendo identificaciones no sólo por un acto, sino por el parecer, por el vestir. Legalizamos una vez más el arte de discriminar con tal de sentirnos seguros frente a un relato de pavor que nos ha vuelto a sumergir en nuestro individualismo y no así en el mirarnos a la cara y hacernos preguntas, ya que sólo buscamos respuestas de manera incesante.

    La sensación de inseguridad, lamento decirlo, es solamente eso: una sensación conveniente. Un instrumento político.

    Es claro que el Estado debe hacer algo con la delincuencia porque es su tarea, entre muchas otras. Sin embargo, debe hacerlo de acuerdo a lo real; a las verdaderas cifras y no de acuerdo a las convenientes sensaciones que se esparcen por medio de un aparato de propaganda que dice no serlo. Ya que está tan de moda el realismo, sería bueno que se identifique lo concreto, y una vez que se tenga detectado, se tomen medidas al respecto. Urge que hablemos menos de lo verdadero y actuemos acorde a esto identificando también cuando algo es un caos y cuando es solamente un discurso ideológico que sólo buscar reafirmar dogmas e intentar que las ideas del de enfrente se escuchen menos.

    Es imprescindible que el gobierno no actúe por medio del miedo, porque lo cierto es que generará terror. Porque no es placentero vivir en un país donde fuerzas policiales te cataloguen según tu vestuario y según lo que creen que podrías hacer debido a tu color de piel. Es un gran retroceso en una sociedad que exige derechos. Es una vulneración de los derechos. Es -insisto- haberse comprado enterito el cuento del miedo.

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