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Manos al fuego: La discriminación no se puede justificar por el rating

Escrito por MQLTV

    Cuando los programas de televisión juegan al límite o lo traspasan -como Gary cuando pateó a Messi y no fue expulsado por alguna extraña razón- suelen generar la atención de la prensa. Manos al fuego (aquel programa pariente de Cheaters, producción gringa especializada en descubrir infidelidad y mostrar cómo se lo toman los involucrados, que chileniza la fórmula y la vuelve extrañamente atractiva) lo hizo está semana.

    En el capítulo de estreno de la última temporada pudimos ver cómo el coanimador justificó como propio de la naturaleza masculina el hecho de que un concursante mirara insistentemente a otra mujer. Para esto, argumentaba que, según él, todos los hombre serían así y, por ende, no habría razón para sentir celos, puesto que la afectada decía querer ser la única que se quedara con las miradas de su amado.

    Esto se podía ver hasta como simpático, ya que Michelle, la celosa, evitó que la situación pasará a mayores saliéndose del concurso. Pero el plato principal de la producción era la participación de Priscila como tentación para Javier que era puesto a prueba por su novia Constanza. Pero, ¿por qué era especial? Priscila es una transgénero venezolana que César Campos -el coanimador del programa- denomina como Luis, además de insistir constantemente que, aparte de la infidelidad, la afectada debía evitar que su pololo besara o acariciara a otro hombre.

    Ella se siente mujer y se ve como tal, no le hace daño a nadie y debe ser respetada como persona, mucho más por un programa de televisión que logra alta audiencia.

    Se supone que la Ley Zamudio y la Ley del Consejo Nacional de Televisión (CNTV) resguardan que las personas sean respetadas y tratadas según su identidad de género. Bajo este precepto, tendríamos que el tratamiento que el canal hizo del tema fue deliberadamente erróneo, pero ¿con qué fin? Se puede especular con una necesidad de generar empatía con el telespectador, el cual estaría acostumbrado a este tipo de expresiones. Si es así, necesitaríamos mucha educación, dialogo y tolerancia.

    Por otro lado, el hecho de que Javier no se dé cuenta que está frente a un transexual tiene más que ver con el esfuerzo que ha hecho Priscila por ser coherente con sus sentimientos: ella se siente mujer y se ve como tal, no le hace daño a nadie y debe ser respetada como persona, mucho más por un programa de televisión que logra alta audiencia -24,3 puntos de rating y liderazgo claro en su horario- y que, de alguna manera, normaliza este tipo lenguaje propio del que ignora el tema. O peor aún, de quien elige ignorarlo (el Movilh aseguró que estuvo abierto a entregar asesoría).

    Se supone que la Ley Zamudio y la Ley del Consejo Nacional de Televisión (CNTV) resguardan que las personas sean respetadas y tratadas según su identidad de género.

    En otra arista del problema, el público adulto joven (25-34) está criado con la telerrealidad y fue adolescente en el apogeo del género con Protagonistas de la Fama, por lo que no es de extrañar que prefiera este tipo de contenido en horario estelar. Aunque la televisión está perdiendo frente a las demás plataformas y las personas están privilegiando otros contenidos más inclusivos y tolerantes, este tipo de shows todavía sigue reinando y su influencia es muy fuerte. Y si el mero lucro generado por el rating fácil mueve a nuestros canales a actuar irresponsablemente porque las sanciones legales no les hacen mayor perjuicio, poco podemos hacer. El futuro es intentar que podamos tratar y respetar a el/la otro/a como un igual, sin importar la diferencia. Y hoy, más concretamente, respetando la ley.

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