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CRÍTICA LITERARIA: “Cuentos Rebeldes” de Francis Scott Fitzgerald

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    Ya nadie se acuerda de los rechazos editoriales que sufrió Francis Scott Fitzgerald en sus comienzos. Los rechazos se sucedían como su empeño en seguir escribiendo de noche mientras de día escribía anuncios publicitarios. Todos lo recordamos por El gran Gatsby y por su gran amor, Ella.

    Por eso al ver todos los cuentos insatisfechos de este gran escritor, que pasó noches sin dormir, hacen que sienta nostalgia de todas las épocas de oro de la literatura y regreso al filme de Woody Allen, Medianoche en París.

    En general, “Cuentos Rebeldes” representa el triunfo de la forma sobre la materia, así como, en general, la novela de Fitzgerald, representa el triunfo de la materia sobre la forma. Este autor trata con los adolescentes de América,consigo mismo, con su yo pasado. Pero sus historias cortas abarcan la gama de estilos y estados de ánimo con un brillo, un estilo, por así decirlo, que no se encuentra en la novela.

    Es una suerte que el Francis Scott Fitzgerald comience su “serie de cuentos” con su historia más romántica, “El Pirata de la Costa”, ya que, si el lector se retira del alcance del pirata, puede capear el resto del libro con navegación simple y enorme disfrute. Sin embargo, Fitzgerald se da cuenta de la naturaleza de su historia. Él sabe de qué se trata, y sus primeras tres palabras, “Esta insólita historia”, muestra esto claramente.

    Probablemente las mejores historias de las trece son “Cabeza y Hombros”, “Bernice a lo garçon”, “El Curioso Caso de Benjamin Button” y “Un diamante tan grande como el Ritz”. Que Fitzgerald se dio cuenta de esto cuando los flanqueó con otros dos en cada extremo parece más que probable. Si se puede elegir entre historias tan diferentes en su carácter es una “bendición”, entonces, que caiga la elección. Aquí, al parecer, Francis Scott ha fusionado lo mejor de la escuela rusa que irradia, con el tono de O. Henry que se puede observar en casi todas sus historias. “Un diamante tan grande como el Ritz” quizás muestre más unidad y habilidad en la construcción, pero al mismo tiempo más artificio y menos arte.

    En realidad, el primer sentimiento es “Bernice a lo garçon” tiene el cierre de látigo O. Henry en el extremo y “Cabeza y Hombros” muestra un giro inverso del cual el maestro no puede presumir de nada mejor.

    Ni el lector más superficial puede dejar de reconocer el talento y el genio de Fitzgerald. En lo que respecta a la seriedad, nadie aprecia el valor de la escuela rusa mejor que él mismo. El ingenio que marca sus obras puede considerarse una necesidad en la ficción estadounidense actual. Es el flagrante tono de ligereza que recorre su trabajo que casi ahoga la percepción de esta sustancia literaria. Pero sus connotaciones son inconfundibles. Fitzgerald elaboró un idioma, y ​​es un idioma a la vez universal, estadounidense e individual.

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