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RECOMENDACIÓN: “Están en todas partes” de Netflix

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    Cuando chico, mi pata (mi amigo – traducido del peruano) Cartucho -así, le decíamos, nada que ver con la forma de llamar a personas de comportamiento mojigato-, y yo solíamos juntarnos los viernes después del colegio en la entrada de la casa de mi prima para hacer algo que repetíamos como un ritual de adolescentes.

    El ritual lo partía yo en mi casa, cuando salía de ella bañado en un conocido desodorante para adolescentes que nos vendió la creencia que el desodorante en spray se usaba para atrapar chicas, tomando uno en cada mano, y cual pistola de vaquero, nos lo echábamos haciendo ondas alrededor del cuerpo. -cuánta plata habré gastado siguiendo la pegajosa publicidad, que tonto e influenciable yo-

    La cosa es que llegando “mi pata Cartucho” del colegio naval donde él estudiaba, salía de su casa para encontrarse conmigo y caminar, siguiendo al pie de la letra del ritual, hacia la playa que estaba a pocos minutos de nuestras casas. Ya en la playa de “La Encantada” -así se llama y aún me trae recuerdos ese nombre– nos sentábamos a ver las terribles olas que explotan a pocos metros de la orilla y de pronto llegaban unos amigos que conocimos allí mismo, los hermanos Zimmerman, unas “mielditas” diría mi tío Andrés, el cubano.

    Ellos nos contaban que hacían de todo para escaparse de su casa ese día, porque su familia hacía una comida todos los viernes, algo que en ese tiempo mi “pata” Cartucho y yo lo llamábamos el “pashá”. Era algo así como una cena para celebrar o recordar “algo”, creo que con velas, muy familiar y también con harto de ritual. Yo no comprendía qué era eso, menos aún que se escaparan de un sitio que tenía tanta comida. Para mí lo más cercano a lo que nos contaban era lo que recordaba de la serie animada Rugrats de Nickelodeon.

    Después de un par de horas hablando de cualquier cosa con las “mielditas” Zimmerman, nos íbamos a comer salchipapas, las que ellos se devoraban y pedían dos salchichas de cerdo más, para seguir renegando de los viernes de “pashá”. Ese, hasta ese momento, fue mi único acercamiento al mundo judío, a una religión y cultura diferente a la mía, y a algo que no entendía mucho.

    Sorry el cuento, pero sirve para explicar que allá en Lima de donde vengo, en aquella playa de “La Encantada” -uf, cuántos recuerdos-, conocí un humor burlesco de sí mismo de estos amigos de los viernes de “pashá” que los recordé al ver una película francesa que fue estrenada en Netflix, según veo, a mediados del año pasado, o sea, el 2018 y que quiero recomendarles porque me reí harto, sobre todo porque recordaba a estas “mielditas” y porque por fin entendía todo lo que decían de su familia y de sí mismos.

    “Ils sont partout” es el nombre original de la película, que felizmente tiene su traducción exacta como título en español: “Están en todas partes”.

    Esta es una película ligera, con harta crítica a la sociedad, pero dentro de un buen envase, lo que la hace inteligentemente rica de atender, ver, escuchar y enriquecerse. Es tener esa perspectiva diferente de un mundo que lo tenemos aquí nomás, con el compañero de trabajo, con el vecino, con el “jew” más cercano que tengas, para que sea tu referente al momento de reírte con las agudas bromas de alguna de las historias contadas en la película.

    Leí que tuvo críticas de todo tipo y que no la dejaron participar en el Festival de Cannes por su contenido, cosa que a mí me la hace más atractiva, aunque como la vi antes de leer eso, así que ese dato solamente me sirve para dárselo al atento lector que lee a este “humirde escribidor”, y así les pique el bichito por querer verla.

    Rica para una noche en tu depa en la playa, sentado en tu cómodo sillón de cuero, frente al Smart TV de pantalla curvo que recién se instaló para quitar esa anticuada tele del 2018 y comiendo unos Fish & Chips, obvio.

    O en tu notebook con cabritas de microondas si no eres “jew”, jajaja.

    ¡Ah! Y sólo para que sepan, íbamos todos los viernes porque queríamos conocer a un par de rubias que alguna vez vimos un viernes en la mañana, en esa misma playa, con mi “pata Cartucho”.

    Lástima que nunca más las volvimos a ver, pero aquel fue el motivo para conocer a los Zimmerman, que años después, justo antes de una despedida que lleva más de 15 años, al mostrarnos una foto familiar, nos presentaron a través de ella a sus hermanas mellizas Adina y Edna, las famosas rubias que nunca más vimos un viernes. Porque íbamos en la tarde y porque ellas no se escapaban del “pashá”.

    Así pasa cuando sucede.

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